Sin (bien)estar
La preparatoria fue una gran etapa de mi vida, a nivel físico, al menos. Al tiempo que ignoraba mis responsabilidades académicas, pasaba más de tres horas cada día jugando futbol con mis amigos en las canchas de la gloriosa Prepa 4 de la UNAM. Nunca he sido particularmente delgado, pero en aquellos tiempos gozaba de una buena resistencia física, una buena vista y podía comer cantidades industriales de comida sin subir de peso de maneras terribles. Todo se derrumbó poco a poco, y comenzó con la vista. Mientras jugaba como portero me di cuenta que mi percepción de la profundidad en los espacios se reducía cada día. Después de varias visitas al oftalmólogo, sumados a unos episodios de desidia, me tuvieron que operar dos veces y sigo viendo mal. Pero sólo fue el comienzo.
Con mi equipo de futbol solíamos tomar al menos una Coca-Cola de 600 ml cada día. No creo que ningún organismo soporte sin estragos la cantidad de sustancias nocivas que trae la deliciosa cocona. En los primeros semestres de la carrera tuve algunos problemas en los riñones. No morí, pero recomiendo aún menos que estarse quedando ciego. Quisiera, pero no puedo, evitar recordar los lugares en los que me hicieron ultrasonidos. “Definitivamente no es cáncer”, me dijo el urólogo que me manoseó en un consultorio poco más anodino que su propia persona. Fue un consuelo, claramente.
Posteriormente, cuando la Administración Pública me abrazó con sus burocráticos brazos, tuve de nuevo acceso a los servicios médicos del ISSSTE, que me atendieron durante toda mi infancia por el trabajo de mis padres. Sin embargo, las ocasiones en las que pude ir a atenderme por cualquier padecimiento se reducen a una cantidad mínima: cero. Entre el estrés, las jornadas larguísimas sin horario de comida y los momentos en los que lloraba acomodando periódicos en una oficina con la fotografía institucional del apuesto Enrique Peña Nieto, nunca tuve oportunidad para ir a ver a un médico. Agradezco a los dioses primigenios que no haya habido oportunidad para enfermarme en ese año, porque en ese trabajo no me hubieran dado la oportunidad para morirme. O me lo habrían descontado de mi miserable sueldo, con seguridad.
No obstante, cuando el Presidente de Los Pobres llegó al poder y eliminó 200,000 plazas de confianza en el gobierno federal, yo estuve en las filas de los que fuimos despedidos bajo la justificación de “cuadrar la nómina en ceros”. Me quedé sin servicio médico. No fue sino hasta este momento que noté en la desfavorable situación a la que me enfrentaba. Nunca antes en mi vida había estado sin servicio médico. Como mencioné más arriba, siempre tuve seguridad social por parte de mis padres, posteriormente conté con el servicio por parte de la UNAM y, finalmente, fui derechohabiente del ISSSTE por mi propio trabajo. Ahora no me quedaba nada de eso, y el doctor Simi no es la opción más acertada en todas las ocasiones, porque no siempre va a ser gripa o una tos que se quita con los días.
Y aquí comienza la otra historia de terror. Intenté afiliarme al entonces Seguro Popular un par de meses después de jubilarme involuntariamente. No pude. Se me negó porque aparecía en “el sistema” (Siempre he tenido la duda: ¿Qué es el sistema? Podría pensarse como una base de datos enorme que almacena los datos personales de todo México, pero supongo que es más como un Excel en modo de compatibilidad que no, como el INSABI, no sirve para nada) como derechohabiente del ISSSTE todavía, a pesar de que ya no tenía servicio. Después vino la reconversión hacia el nuevo sistema de gratuidad en la salud que no tiene pies ni cabeza y abandoné esa opción. Pero cuando no tienes un ingreso fijo, es difícil pensar en poder pagar hospitales privados, porque es preferible comer y que te duela el hígado que deshacerte de tus pertenencias y después morir por inanición.
Sumado a todo lo anterior, hace un par de semanas cargué cosas pesadas y volvió un viejo conocido en mis penurias médicas: el dolor de una costilla en mi costado derecho. Los que me conocen saben que he sufrido esporádicamente porque una de mis costillas está, por decirlo de manera amable, chuequita. Una persona que me quiso mucho solía molestarme sobre eso pero ya no más, y qué bueno porque con los dolores que me causó ese pedazo de hueso en las últimas semanas tal vez me habría desmayado en el acto. Afortunadamente, mi mejor amigo desde los tiempos en que jugaba futbol tres horas se convirtió en un buen médico, por lo que pude recurrir a él para no morir de dolor.
Después de diagnosticarme con poca habilidad física, una mala condición y con una contractura de los músculos intercostales, las reflexiones vienen rápidamente: qué difícil es tratar de estar sano cuando no existen los medios para lograrlo. Yo cuento con el apoyo de mi familia y, de requerirlo, arruinaría la economía de mis padres si una enfermedad grave lo requiriese. Pero nunca ha sido el plan A. El plan A era encontrar un trabajo, situación que se ha complicado entre el asqueroso mundo laboral y una pandemia global que en este país ha cobrado la vida de más de 105,000 mexicanos. ¿El Plan B? Darse de alta voluntariamente en el IMSS por $5,500 al año (si tienes entre 20 y 29 años) y después exprimirle hasta el último centavo. Algo así como ir a un hotel todo incluido y tomarse 20 tragos diarios para hacer valer el inflado precio. La verdad es que no suena tan mal.
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Autor: Oscar Castañeda
Fotografía: Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay





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