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RULETA DE RELATOS || VICTORIA

25 feb 2021
5 min de lectura

Paco lo tuvo siempre todo. Nacido en una familia de clase media en la boyante Ciudad de México, las vicisitudes de la vida siempre le estuvieron lejanas. Nunca faltó el pan en su mesa, los zapatos en sus pies, el calor en su corazón. Recorrió con curiosidad los caminos que la vida le tenía preparados. Fue a la escuela y se graduó, conoció el amor y se casó, encontró el éxito y lo conquistó. Su vida era la vida que todos sueñan: completa, vívida, repleta de comodidades que algunos sólo pueden soñar durante una existencia repleta de tormentos. Pero, para Paco, todo parecía ser perfecto, parecía estar predestinado a la felicidad.



En el trabajo todo era bonanza. En su hogar, todo era paz. En su mente, todo era tranquilidad. En su cuerpo, todo era fortaleza. En el mundo, la vida pasaba. Podría pensarse que esto es todo lo que una persona quiere, y que por ninguna circunstancia alguien abandonaría todo lo construido, todos esos momentos, esas posesiones, esos sentimientos. Pero Paco lo dejó.



Nunca nadie entendió qué pasó, porque a nadie le contó la verdad. Nunca nadie supo de su encuentro con ese ser, con el ente que le hizo una invitación tan convincente, que todo lo demás pasó a ser innecesario.



Paco caminaba por la calle cuando tropezó con él. Se disculpó, pero no había nadie con quien disculparse. Sin embargo, escuchó claramente sus palabras:


-Descuida, esas cosas pasan.


Se sobresaltó, pero no se sintió amenazado. Esta entidad no parecía ser peligrosa, y en sus palabras se reflejaba la calma de la experiencia, y la tranquilidad de un buen pastor. Cuando se dio cuenta, tampoco había personas en la calle. No era de día. Ya no era de día. ¿Era de día cuando salió a caminar? No lo sabía. Todo se sentía diferente. Igual, pero distinto. Pensó que algo alteraba su consciencia, pero no supo qué.


-No te asustes, todo va a estar bien. Sólo escúchame.


Paco le puso atención. Escuchó a detalle todo lo que él tenía para decirle. Le contó acerca de la vida, de la muerte, de la naturaleza, de cómo funciona el todo. Le contó sobre las noches y los días, la lluvia y el sol, la tierra y las estrellas. Escuchó sobre el amor, sobre el odio y sobre la tristeza. Paco oyó sobre todas las cosas, y sobre lo que no se conoce. Paco no volvió más a casa.



Con el paso del tiempo, Paco fue más un fantasma que una persona. Se le veía fugazmente en algún camino oscuro, en un mercado atestado, en una terminal de autobuses. Le creció la barba y el pelo. Su ropa cedió ante el imbatible paso del tiempo y la irrefrenable fuerza de la naturaleza, pero él ya sabía todo eso. Ya lo sabía. Y sus apariciones parecían más un acto de dios que una representación real de ese Paco, el que vivió cómodamente y que tenía la vida asegurada. No se puede encontrar lo que no quiere ser encontrado.



Su familia lo buscó pacientemente por años. Por lustros. Décadas. Carteles fueron publicados, avisos fueron dados. Su madre murió sin volver a verlo. Su padre perdió la cabeza en el proceso. Su esposa nunca se dio por vencida, y siguió en la búsqueda incesante. Algunos la veían con lástima: la mujer que espera por un hombre que ya no está, que ya no existe. Qué pena, decían los reporteros que, años después, la entrevistaban en una sala con fotos de Paco, en una etapa de su vida que terminó abruptamente. Pero ella, dentro de sí, sabía cosas. Sentía cosas, algo que le decía que él volvería.



Pero Paco seguía escuchando. Había tanto para escuchar: sobre el fuego, sobre la gravedad, sobre la ética, sobre el arte. Todo sobre el tiempo, sobre el espacio, sobre la física. Sobre los números, las letras y todo lo que no está ahí. No podía dejar de aprender, no podría dejar de saber, incluso si pudiera. Sentía que había más cosas en juego de las que todavía podía comprender. Y por ello siguió escuchando.



De vez en cuando se preguntaba qué había sido de su antigua vida. Mientras vagaba por la tierra se cuestionaba sobre sus decisiones y lo que representaba ahora para la existencia. Las conexiones eran complejas, cada vez sabía más. Pero no solía hacer esto a menudo: a su amigo no le gustaba ser ignorado.


-¿Me estás poniendo atención?


Y volvían al mismo canal. A la filosofía, la magia, la alquimia y la historia. A la neurolingüística, la biología molecular, la interdependencia, el feminismo, el Estado y la política. A lo mundano y lo sagrado, a lo serio y lo divertido. Pero la condición era clara: escuchar. Siempre escuchar. No había muchas opciones. Dormía poco, pero se le permitía. Lo que nunca comprendió, más aún sabiéndolo todo sobre el metabolismo y el funcionamiento del cuerpo humano, cómo podía haber sobrevivido tantos con una alimentación tan deficiente. Con una hidratación casi nula. Aunque eso pasaba a segundo plano, y él estaba consciente de ello. De lo que no estuvo consciente fue del paso del tiempo, porque al escucharlo todo acerca de la existencia, nada parece ser real. Solo esa voz impasible, tranquila y calmada, con una necesidad obsesiva de ser escuchada y de contarlo casi todo.



Paco nunca supo qué era esa entidad. Nunca pudo descifrar de dónde venía, cuál era su objetivo o por qué decidió que él fuera el repositorio de todos los conocimientos habidos en el universo. No se consideraba a sí mismo alguien tonto, pero tampoco creía que pudiera contener todo lo que podía y no podía saberse. Tantos secretos, tantos datos, tanta información valiosa. ¿Por qué él? ¿Por qué no podía contarlo a los demás? ¿Por qué no podía usarlo para hacer el mal o el bien? ¿Por qué su misión era, simplemente, saberlo?



No reparó en lo desgastado de su cuerpo ni en todos los días que pasaron hasta que la voz exclamó sus últimas palabras:


-Eso es todo.



Paco cayó en cuenta de que no había hablado en mucho tiempo. Con una voz apagada que sólo él podía escuchar, le preguntó al ser a dónde iría, pues las incógnitas sobre su propia aparición seguían sin ser respondidas. Pero no volvió a escuchar la voz. Nunca volvió a escuchar la voz.



Quiso dar un paso, pero fue incapaz. Su cuerpo había dado todo de sí, tal vez embebido en algún poder de lo oculto, de donde venía su ahora ausente amigo. De lo que no pudo saber, aunque lo sabía todo, supuso en su acervo infinito. Quiso contar lo que sabía, pero su voz ya no podía ser escuchada. Quiso seguir caminando, pero su cuerpo ya era incapaz. Cayó al suelo mientras sentía cómo eso que lo había mantenido vivo por años y años abandonaba ahora su cuerpo y volvía a su prohibido origen, de donde tal vez nunca volvería.



Sabía que todo lo supo desde hace mucho, pero nunca comprendió cuál sería el precio a pagar, hasta este momento. Pensó que era irónico no haber sabido cómo terminaría todo y que, a pesar de saber casi todo, no supo cuál sería su final. Y murió, con todo eso que había en algún momento aprendido.

Autor: Oscar Castañeda

2021




 
 
 

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