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Los que (se) quedan

27 oct 2020
4 min de lectura

Actualizado: 27 oct 2020

Mi abuelo Jesús era panadero. Un hombre criado a mediados del siglo pasado, con los gustos característicos de la época: frecuentaba las cantinas y lugares similares donde el espíritu capitalino se liberaba. Pero siempre fue responsable con su familia; con su mujer y sus hijos. Después de una juventud convulsa, como mi adorada madre me ha contado, mis abuelos compraron un terreno en Chimalhuacán, convirtiendo este creciente municipio en su nuevo hogar. Sin embargo, en épocas de muertos, mis abuelos solían visitarnos. Mis abuelita recogía mi cuarto, generalmente tirando cualquier cosa que le pareciera de poco interés. No me quejaba mucho porque crecí siendo una persona increíblemente floja. Al mismo tiempo, en la cocina, mi abuelo preparaba pan.



Mis recuerdos son claros. Yo salía de la primaria, llegaba a casa, y dos sensaciones me golpeaban con una fuerza arrolladora: la hermosa música y el olor de la masa cociéndose en el horno. A Don Jesús le gustaba mucho escuchar a los artistas mexicanos de su época: José Mojica, Gaby Daltas, Chayito Valdez o Bienvenido Granda, artistas que se han quedado ya en el gusto de la familia, especialmente de mi madre. El recorrido musicalizado hacia la cocina culminaba con la misma imagen cada vez: mi abuelo sentado en una silla a un lado del refrigerador, con las charolas listas en la barra y unas más en el horno, inundando la casa con un aroma que vive en mí.



Todos los familiares de panaderos decimos lo mismo, que el pan de nuestros ancestros era el más rico en la existencia del ser humano. Pero yo no gano absolutamente nada con mentirle, apreciable lector. Mi abuelo hacía un pan maravilloso, siempre batido a mano, siempre con recetas generosas, siempre un deleite al paladar. Ya fueran los muertos, o las ánimas, o los borregos o cualquier otra figura típica de la temporada, Don Jesús la ejecutaba con maestría, aderezada con un montón de corazón. Después, una parte de ese pan terminaba con los demás familiares, mientras una generosa porción se posaba orgullosa en la ofrenda de la casa. Siempre honrando como se nos enseñó a todos los que ya no están físicamente con nosotros, pero se mantienen siempre en espíritu por aquí.



Me hubiera gustado mucho compartir más tiempo con Don Jesús, pero las circunstancias a las que estamos sujetos como organismos falibles no lo permitieron. Cuando yo tenía cerca de 8 años, a mi abuelo le detectaron un cáncer en etapa terminal, pronosticándole unos pocos meses de vida. Con la fuerza que caracteriza a los más destacados, duró con nosotros todavía tres años, pero con una salud muy disminuida. Incluso, ya en tratamiento, asistió y se divirtió en la fiesta de quince años de mi hermana. Sin embargo, ya no podía hacer pan. La enfermedad y los medicamentos se habían llevado su vivacidad, la fuerza que siempre lo caracterizó. El peleó con todo lo que tuvo contra la fuerza irrefrenable de la naturaleza manteniéndose a la altura, pero la fortaleza de su mente no fue la misma que la de su cuerpo. Falleció un 16 de agosto de 2005, dejando un vacío en los corazones de la familia.



No me atreví a verlo ya sin vida. Consideré en ese momento que no tenía por qué recordarlo como un cuerpo, sino como lo que fue para mí: una figura de respeto, de amor, de cariño y con una cantidad increíble de conocimientos para regalar. Me pareció mejor recordarlo como el abuelo que nos hacía piñatas en navidad, que bailaba con la música que tanto disfrutaba, que se sentaba a un lado del refrigerador a esperar las charolas con pan humeante. Hasta este momento creo que fue la decisión correcta para mí, que a él no le habría molestado una “falta de respeto” tan nimia. Me da fuerza creer eso.



Pero los vacíos son grandes. La vida sigue, aunque ya no es la misma. Ahora mi madre escucha música que le gustaba a Don Jesús, pero él ya no está para bailarla gustoso. Ya no hay nadie con una letra cursiva tan precisa como la suya. Incluso la Torcuata, el perico que lo acompañó por mucho tiempo, y que se posaba sobre su hombro al estilo de los míticos piratas, ya no está con nosotros. Ya nomás nos queda el recuerdo.



¿Es esto algo malo? Creo que no, respetable lector. Tenemos que seguir adelante. Pero las épocas de muertos en México son un momento que desearían tener muchas sociedades en el mundo para recordar de una manera tan vívida lo que representa querer a alguien que ya no está con nosotros. Es el tiempo preciso para recordar, en unidad, lo que se siente haber compartido el tiempo y el espacio con personas maravillosas que nunca habríamos dejado ir. Y de mantener nuestro andar en esta tierra por nosotros, por ellos y por todo lo que representa la propia existencia.



Las recetas de mi abuelo siguen en la familia. Ahora mi papá, o mi hermano, son los que hacen el pan de muerto para la ofrenda. Tal vez involuntariamente, o con la intención pero sin la pregona, se pone música que le gustaba a mi abuelo. Se bate la masa en la barra en la que mi abuelo muchas veces la batió. Se hornea el pan y se pone en la ofrenda. Y, a veces, siento que no estaría mal poner una silla al lado del refrigerador. En una de esas, viene a revisar que hagamos bien las cosas. Y de verdad lo intentamos.




¨*En Prometeo Cinema tenemos el servicio de restauración de fotos, para que sus difuntos sean recordados en la mejor forma que sea posible. Un mensaje en alguna de nuestras redes y habrá informes sobre costos y tiempos. Las ofrendas a los muertitos no se van a poner solas, eh.



Autor: Oscar Castañeda Fotografía: Familia Ochoa


 
 
 

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