Guess who (isn’t)
Aprender es siempre una actividad interesante, siempre y cuando se cuente con una predisposición al aprendizaje. Si no es así, aprender tiende a volverse aburrido, desesperante e incluso un quehacer que busca evitarse. En mis tiempos de adolescencia, esa predisposición era selectiva en mí: estaba muy dispuesto a aprender sobre sociología, pero muy díscolo cuando se trataba de temas como las matemáticas o el inglés. Mi deuda con las matemáticas tal vez nunca se salde, pero con el inglés ya tuve oportunidad de tener lo que, en los bajos mundos, se conoce como “un tiro de compas”.
Durante la secundaria no tuve una pizca de idea sobre lo que implicaba comunicarse en otro idioma. Pasé sin pena ni gloria por las aulas en cuanto a la lengua inglesa se trató, y mi desazón con el idioma se vio avivada con las pésimas maestras que tuve. Sí Liliana, sus clases nunca me ayudaron a aprender; tampoco las suyas, Marisa, hacer manualidades con sopas de letras no tiene ningún sentido pedagógico con su asignatura, si es que lee esto y todavía da clases. En el primer año de la preparatoria, el elitista de Edgar tampoco me dio mucho margen para que me gustara el idioma, aunque todo cambió cuando la maestra Laura nos empujó siempre a aprender un poco más. Ella fue mi primer contacto con un inglés amable, accesible, que no buscaba hacerme quedar como imbécil por primera vez en mi vida.
Poco tiempo después, mis padres me enrolaron en un curso intensivo de inglés en Harmon Hall. Contrario a lo que cualquiera pensaría, sus métodos son efectivos y, conforme se avanza en el temario, los profesores están cada vez más preparados. Es aquí donde John Paul* entre en el juego. JP, como le llamamos algunos de sus alumnos, es un profesor maravilloso. Gran conocedor de todos los meandros del idioma, me empujó a aprender cada vez más sobre este lenguaje, sobre todas sus implicaciones y, más importante (al menos para mí), sobre su influencia en la cultura popular occidental. Mediante la música, específicamente el rock progresivo, le brindaba a sus alumnos herramientas para poder entender mejor las clases; por medio de acaloradas discusiones sobre temas de interés, nos invitaba a siempre ampliar nuestro vocabulario, al tiempo que nos empujaba a hablar con una mayor propiedad, así como una fluidez superior.
John Paul no marcó sólo mis aprendizajes musicales y de inglés, sino una etapa muy importante de mi vida. Pero esas enseñanzas las dejamos para otro texto, apreciable lector. Por el momento, sigamos con los idiomas.
Ese curso maravilloso de Harmon lo cerré con las clases de Paola Schleske una maestra hermosísima y que siempre estuvo para ayudarme a mejorar mis habilidades lingüísticas. Entre esos dos, movieron algo en mí. Yo siempre había considerado al inglés como un idioma limitado, un código que no presentaba la riqueza del español, incapaz de transmitir las situaciones o emociones con la misma fuerza que mi lengua materna. Pero cambió cuando los conocí y me di cuenta de que había mucho más allá, por aprender y desarrollar. Y seguimos en este mismo camino, querido lector, intentando que se nos pegue algo nuevo, un pasito a la vez.
En la universidad, el CEI me hizo darme cuenta de que no en todos lados era lo mismo. A pesar de que hablar muy bien el idioma en ese momento, tras un par de años de práctica constante en niveles avanzados, me pusieron en un curso intermedio al realizar mi examen de colocación. Muchos dicen que hacen esto para llenar los grupos, y considero que es una realidad. Tuve que pasar un año tomando clases con gente que no podía decir en inglés lo que había desayunado. Mis cursos terminaban con 99 de calificación, sin que pusiera mucho esfuerzo en hacer bien las cosas. Simplemente la exigencia en los cursos “gratis” de la UNAM no se puede comparar a un curso intensivo. Agradecí todavía con más fuerza haber sido discípulo del gran John Paul.
Poco después, la vida me lanzó al ruedo laboral. En mi terrorífico empleo en la Administración Pública, se me encomendó la tarea de traducir contenidos en inglés. Me resultó una tarea demandante, pero teniendo las bases sólidas de una buena formación, me pude desenvolver de buena manera. Ahora, en los tiempos actuales, debo comunicarme con los líderes de proyecto en el freelance en inglés, idioma estándar para las grandes firmas internacionales.
Tras todas estas andanzas, comprendo que el inglés es una herramienta básica en el mundo horrible en el que vivimos, al tiempo que sigo sin comprender por qué hay tanta gente con la posibilidad de aprenderlo que prefiere no hacerlo. Me refiero a posibilidades económicas, claramente, lo que me hace pensar que las posibilidades intelectuales son un poco más escasas. No porque el inglés sea una temática complejísima, pero he visto a mentes brillantes en unas áreas que entran a un bar y terminan pidiendo un oso.
De unos meses hacia acá, algunas personas me han pedido que los apoye en sus andanzas en inglés. Lo curioso: hay muchas cosas que ya no recuerdo. El proceso de hablar y comprender un idioma es tan extraño, que ahora me parece algo natural y no recuerdo las estructuras o las fórmulas, nomás me nace. Esto no es presunción, respetable lector, sino que estoy tan perdido en estos menesteres que ya me cuesta identificar una estructura, aunque me sea fácil escribirla o traducirla. Incluso siento que, a pesar de poder comunicarme de buena manera en el idioma, no soy capaz de ayudar a la gente que lo necesita, de lo desconectado que me siento en cuanto al tema. Sólo ellos saben qué tanto les sirven mis regaños. De cualquier modo, se siente bonito ser popular porque hablas bonito el inglés. Es como tener bonita letra, supongo.
*Juan Pablo Garciadiego es también músico, actor, traductor y un montón de cosas. Es de las personas que más admiro en el universo y, hasta donde sé, al abandonar el Harmon Hall de Santa Fe, se fue al de San Antonio. Quiero suponer que todavía da clases ahí, pero no me gusta molestarlo. A las instituciones se les respeta, hasta donde se puede.
Autor: Oscar Castañeda





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