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El valor (in)humano

2 mar 2021
4 min de lectura

Una vez conocí a un tipo ambivalente: inteligente, pero opacado por su propia mediocridad. Hablaba el francés como si hubiera nacido en Nantes, y podía mencionar las islas del pacífico sur como si las hubiera visitado todas. Pero, contrario a lo que cualquiera pensaría de alguien con una capacidad intelectual por encima del promedio, su personalidad parece empujarlo a quedarse hundido en su propio temor de destacar, siempre esperando caerle bien a la gente, a costa de la propia dignidad. A pesar de que nunca fui cercano a este individuo, su existencia me ha intrigado desde que tuvimos a bien coincidir en las aulas. ¿Por qué la necesidad de integrarse es más fuerte que la necesidad de respeto? Misterio.



Y este tipo de individuos existen en muchos contextos, en muchos lugares y la intensidad de sus propias falencias es variable, claro. Los hay desde los que se dejan poner apodos hasta los que se arrodillan ante personas que les parecen atractivas para buscar una pizca de simpatía. Los hay que pasan toda su vida en una porqueriza donde se revuelcan no solo en sus propios errores, sino también en los que los demás les lanzan por mera diversión porque saben que nunca hay respuesta. ¿Dónde está el límite para las personas que no se quieren? Enigma.



También conocí alguna vez a un tipo que, más allá de buscar encajar, buscaba respeto. No era falta de amor propio, era una pasividad velada. Se le pusieron cientos de apodos, se le acosaba sistemáticamente, se le molestaba en cada oportunidad posible. ¿Su solución, respetable? Darle unos chingadazos a uno de esos gañanes. Adaptarse a las realidades, salir adelante y no dejarse pisotear.

No me vaya a malinterpretar, apreciable lector; el ahora llamado bullying y el dejarse pisotear para tener contacto humano no son lo mismo, pero pueden tener expresiones similares en algunos contextos. Además, ambos tienen la misma solución: dejar de ser unos pusilánimes y darse la importancia necesaria. Si eso no funciona, siempre se puede recurrir a los papás, maestros o Ministerio Público, claro está.



No obstante, mi capacidad no da para entender por qué algunas personas le temen a ser lo que son. O a mostrarlo ante los demás, perdiendo el respeto hacia su ser en el proceso y permitiendo vejaciones de todo tipo al mismo tiempo. Podría intentar hacer una lista de cuestiones que pueden llevarle a sentir que ser un tapete de “Bienvenido” a los pies de sus conocidos es algo aceptable. Comencemos.


Fue víctima de una mala crianza: sus padres, ausentes, solamente se aparecían para reprenderlo por haber sacado un nueve en geografía. Cada vez que preguntaba algo sobre su cuerpo o sentimientos, recibía silencios sin una correcta guía para aprender a tener cariño por sí mismo. En algún momento, conoció a una persona abusiva que, lamentablemente, le causó un daño profundo y lo empujó a ser un simple adorno para los grupos de amigos balanceados. Probable.



Leyó los libros incorrectos: la literatura de superación personal nos invita muchas veces a hacer cosas que, si usáramos el sentido común, de ninguna manera haríamos. ¿Por qué ahorrar si debes vivir el momento? Disfruta ahora, preocúpate después. ¿Por qué ser una persona con dignidad y autorrespeto? Deja que los demás te hagan pedazos, tal vez por la lástima tengas unas boronas de cariño real en un futuro. Improbable, pero no podemos decir que no sea así.



Está interesado en política: hay una anécdota muy interesante, que coloca a AMLO platicando con un taxista en trayecto indistinto. En el calor de la conversación, el presidente legítimo espeta una frase lapidaria: “La política es el arte de comer mierda sin hacer gestos”*. Fiel seguidor de los políticos “de izquierda”, nuestro hipotético personaje decide vivir una vida de coprofagia, más allá de si alcanza un hueso en las próximas elecciones. Me parece la más plausible.



Probablemente podríamos seguir en esta lluvia de ideas sin llegar a la verdad. Pero la única vez que le pregunté al no tan hipotético personaje por qué le gustaba ser costal de box para los colegas de la Facultad, solamente contestó que no le daba importancia, mientras todos en la misma publicación le llamaban por un apodo que ya trascendió nuestra generación.

Ahora que lo pienso, tal vez dejó que le llamaran como a cierto dictador italiano porque, al igual que ese prócer europeo, siente que está colgado de cabeza y en los últimos momentos de su vida. Otra vez: misterio.




*Sin ningún afán de exagerar, ya tendría para un boleto del inservible metro si me dieran un peso cada vez que escucho esa anécdota. Me gusta pensar que es real, como la maravillosa historia que involucra a Alejandro Fernández y una botella de vidrio.


Nota del editor: El amor propio es un objetivo que se ha priorizado en nuestros días, la búsqueda del mismo responde a la inquietud en la que vivimos, causada por injusticias cotidianas, cada quién conoce y considera las suyas, y en un afán de ampliar el debate, siéntase libre de comentar en esta o en cualquier sección de comentarios, valga la redundancia ¿Qué opina sobre los límites de convivencia? ¿Hasta que punto es sano soportar una actitud? ¿Es sano, para empezar? ¿Qué entiende y persigue por amor propio? Esta y muchas cosas más de acuerdo al tema, nos encantaría leerlas. Porque al final es la misma interacción la que quizás, y solo quizás, nos asome una respuesta a nuestras preguntas.


Autor: Oscar Castañeda

Editor: Said Tapia

Fotografía: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay





 
 
 

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