El caos es (a)temporal
Me gusta pensar que nada pasa por una razón. Que estamos envuelto en una red cósmica sin un sentido, sin una razón. Que prácticamente todo en este mundo es un constructo social; nos inventamos cosas porque no sabemos cómo lidiar con nuestra falta de objetivos tangibles. El tiempo es una de esas construcciones. Innegablemente el tiempo pasa, pero nosotros, en nuestra necesidad de sistematizar, hacemos relojes atómicos, de pulsera o con calculadora para siempre tener un parámetro de qué es lo que sigue, y qué es lo que pasó. También es necesario para poder entender las etapas (que hemos construido) y para que los alumnos se rompan la cabeza al tratar de recordar los eventos de la revolución mexicana, pero considero que su principal razón de ser, es calmar nuestras ansias eternas. Nuestros miedos mortales.
Nos aferramos a saber cuánto tiempo falta para salir de nuestro anodino trabajo, o los días que nos faltan para volver a ver al ser amado. Nos aterra la idea de que el tiempo, además de que corre, se termina. La sociedad nos empuja a darle valor a nuestro tiempo con logros académicos, con metas laborales, con compromisos sociales, de pareja o matrimoniales. Buscamos darle sentido al irremediable paso de la vida celebrando bodas de oro, o los XV años de una señorita, o medir en generaciones (¿cuánto dura una generación, apreciable lector? Desde mi perspectiva, son 20 años, pero si usted lo sabe con certeza y podría googlearlo por mí, de verdad lo agradecería) la estabilidad de una empresa. Fijamos periodos arbitrarios para tratar de darle orden a nuestras existencias. ¿Funciona, respetable lector?
Cuando estamos contentos, las horas parecen segundos, devoradas por el ensueño. Cuando estamos en peligro, los segundos parecen horas, elongados por la angustia. Lo relativo del tiempo es una muestra más de la falibilidad de nuestras medidas temporales. Algunos no podemos recordar lo que pasó hace una década, algunos no pueden soltar lo que pasó hace dos. Nuestra percepción de esta realidad es también distinta, y esperar quince minutos es algo intolerable para alguien, mientras otros podemos tomarnos horas para celebrar la llegada de una persona. Es difícil comprender todas estas cosas.
Sí, la naturaleza también toma el tiempo. El sol sale por las mañanas y se esconde por las tardes. Pero nosotros decidimos ponerles nombres a estos ciclos. Buscamos ponerle etiquetas a los segundos, minutos y horas, para que nada se escape a nosotros. Para recordar el momento en que algo malo pasó y voltear sin nostalgia en otro intervalo abstracto para decir “qué terrible fue aquel momento”. Y esto es justo lo que estamos haciendo con el 2020.
De primeras un año que pintaba para ser mediocre, a decir lo menos, se descompuso rápidamente en formas que ni el más poderoso vidente habría predicho. La economía se fue al demonio, los hospitales se llenaron y, lamentablemente, las morgues también. Personalidades murieron, nos dividimos en cuestiones ideológicas cada vez menos sustentadas y la polarización se convirtió en una forma de vivir, siempre desconfiando del otro. Las tensiones en el hogar se dispararon, los problemas con las parejas también y, en algunos casos, los embarazos llegaron para repoblar la tierra como en cada momento de crisis. Estos doce meses nos vieron olvidarnos de los conciertos, del teatro y las fiestas multitudinarias. Nos obligaron a no ver a nuestros amigos, a nuestros ancestros, a muchos seres queridos. Nos robaron la privacidad en nuestras casas, a cambio de una relativa comodidad al laborar a distancia. Nos hicieron ver que los momentos deben aprovecharse, porque en cualquier momento, sistematizado o no, todo se puede ir al carajo.
Pero este año, cuyo número quedará marcado en la memoria de todos los que sigamos adelante, está por terminar. Se acaba y, simbólicamente, con él se van muchas de las penas que ahora arrastramos. Se cierra un ciclo tortuoso, que nos ha puesto a prueba en aspectos que jamás pensamos. Comienza el 2021, con una esperanza desbordante para que las cosas mejoren. Pero el tiempo es solamente una construcción social. Podría haber pasado un año, una década, unas semanas después; algunos podrían haber festejado sus cumpleaños, realizado ese viaje al extranjero o haber tenido esa fiesta de graduación. Pero no. Las cosas pasaron como pasaron, y siguen su curso tal y como lo hacen. Nos tocó a nosotros, a los que estamos todavía aquí y los que sucumbieron en el camino. Nuestra única opción: seguir adelante con fuerza, con energía, con ganas de salir adelante.
El 2020, plagado de casualidades, trató de hacernos pedazos en cada oportunidad. Estadísticamente hablando, no hay razón por la que el 2021 no intente hacer lo mismo. Pero ya estamos preparados. El que deja este año creyendo que todo será mejor, es un cándido; quien cree que la situación está bajo control, es un estulto. Lo que nos queda: esforzarnos cada intervalo, cada medida arbitraria, en que las cosas mejoren. Poner de nuestra parte para que las cosas de verdad cambien, reconocer nuestros errores, contrastar nuestras ideas y buscar ser mejores en cada oportunidad que tengamos. Dar el amor que tengamos, tratar de recibir el más posible y no soltarnos de ese sentimiento de esperanza.
Con toda la suerte, las casualidades se pondrán a nuestro favor en el siguiente periodo inventado. O algo así.
Autor: Oscar Castañeda
Fotografía: Said Tapia





Comentarios