Celebraciones a (des)tiempo
Una característica importante para crecer como persona, es aceptar nuestros defectos. Debo admitir, apreciable lector, que tengo un problema con la autoridad. No un barato ACAB* o un anarquismo básico. Considero que es necesario un liderazgo sólido para poder llegar a alguna parte, en cualquier aspecto. Sin embargo, tengo un pleito casado con las personas en posiciones de poder que, como diría el viejo adagio, son como una tortuga en un poste: nadie entiende cómo llegaron ahí, pero sabes que alguna otra persona las debe haber puesto en esa posición. No tengo tanto problema en seguir las reglas cuando vienen de un ser pensante, o cuando mi propia formación, sumada a mi sentido común, me dicen que hay que seguirlas para conservar mi propia integridad. De ahí que no entiendo a la sociedad mexicana.
Durante los últimos siete meses, sumidos en el escollo más profundo que ha visto la humanidad en el último siglo, grandes sectores de la población no pueden obedecer órdenes sencillas ni siquiera por su propia salud. Ahondemos. La fecha es 30 de abril, día del niño. Las familias se apiñaron en filas irredentas en los exteriores de todas las pizzerías o establecimientos de comida rápida que estuvieron al alcance. Proseguimos. 10 de mayo, día de nuestras santísimas madres. Los hijos, en un arrebato de amor, llevaron a las señoras a comer a la calle, a comprar regalos superfluos o se arremolinaron en establecimientos comerciales sin medidas de sanidad para llevarle a su madre un presente que borre los últimos 20 años de agravios. El resultado: hospitales saturados y un pronunciado pico de muertos y enfermos por covid todo el mes de junio. Aquí no hubo chiste.
Es por esto, respetable lector, que me pregunto con una cargada ansiedad qué diablos pasa por la cabeza del mexicano promedio que, a pesar de la crudeza de estos tiempos, organizó fiestas multitudinarias en los últimos dos meses y ya tiene planes de aquí a fin de año para hacer armarse un carnaval antes de que el 2021 nos agarre todavía crudos. Ejemplos sobran, lamentablemente, de nuevo. Una boda en Coahuila que dejó más de 90 contagios, o la unión matrimonial de este zopenco que dejó más de 100 contagios. Los más recientes: las cientos o tal vez miles de fiestas de Halloween con cantidades industriales de invitados que se vieron en todas las redes sociales, ocultas bajo la consigna de que la gente se maquilló, disfrazó y sentó en bancos de plástico en un patio nada más por la fecha, claramente.
Reflexionando sobre la situación, me invade una duda muy insidiosa. La gente que decidió hacer una fiesta en esta temporada, con el repunte ya anunciado y la saturación de los hospitales documentada, ¿son idiotas o están retando a un virus? ¿La lucha es contra el gobierno o contra una enfermedad sin cura? ¿Les quedó espacio en la ofrenda para una foto más y quieren llenar ese hueco el año próximo? Misterio. La única explicación que se me ocurre es el lema del mexicano, adoptado mientras la diabetes o la hipertensión nos asesina lentamente: de algo nos hemos de morir. Y, por lo visto, hay gente que ve a sus abuelos a los ojos y les dice esta frase, mientras se acomodan la máscara de hombre lobo y se lanzan al perreo multitudinario más cercano porque “ya se viene el cierre”.
No creo que esto sea una exageración, pero sí considero que es una situación insostenible. No hay sistema de salud que pueda soportar un ingreso como el que esta situación demanda. El confinamiento en países como España, Reino Unido, Francia o Italia se ha extendido al menos hasta 2021 debido al repunte. Los casos de contagio en esta segunda ola europea son todavía más altos a los registrados en el pico de abril, cuando la pandemia estuvo en un punto bastante alto. En México no experimentamos esto por dos razones: se hacen menos pruebas aquí que en cualquier otro lado del mundo, y la indisciplina social generó una meseta interminable que, con una tendencia a la baja, repuntó a mediados de octubre. ¿Somos rebeldes o nomás nos importa poco lo que pase con el mundo?
Es claro. Al mexicano no le gusta que le digan qué hacer. El confinamiento en este país ha sido increíblemente laxo. Casi como la política del presidente para desincentivar los crímenes: un regaño y ya. No obstante, como sociedad nos las hemos arreglado para darle vuelta a todo y seguir saliendo, seguir yendo a restaurantes, seguir paseando en parques y ver a nuestros amigos por “salud mental”. Es entendible, pero no es justificable. Guardando todas las distancias, la gente en las guerras no salía a tomar el té con las amigas para poder estar en paz y que “se les reiniciara la vida”. Los tiempos difíciles exigen medidas difíciles, y la sociedad mexicana es incapaz de seguir este tipo de designios, más allá de si los encargados de las políticas de salud son idiotas o no. Eso no está a discusión.
Lo que de verdad es desgarrador, es pensar en todas las familias que han quedado rotas por una afección tan disruptiva como caótica. En todos los hijos que perdieron padres, en todos los amigos que quedaron solos, en todos los colegas que no trabajarán más con otra persona que se fue, con un individuo único, irrepetible, cuya pérdida es irreparable. Y que, si el gobierno no puede implementar políticas efectivas para prevenir más muertes, la sociedad mexicana también sea incapaz de autorregularse, de tomar medidas de protección e implementarlas por cuenta propia. Tal vez porque uno, honorable lector, vive en una burbuja apartada de la realidad, es casi inconcebible la posibilidad de arriesgar a nuestros seres queridos a pasar un episodio de este tipo simplemente por un rato de diversión. La cuestión es totalmente distinta cuando de llevar el pan a la mesa se refiere, pero esto no exime de responsabilidad a las omisas autoridades. El que ha muerto o perdido a alguien que tuvo que seguir adelante para comer, es una víctima más del sistema podrido, del gobierno ausente y de una realidad terrible, imperante en la sociedad mexicana.
Tal vez usted también hace y asiste a fiestas, y considera este texto como algo alarmista que no tiene un sustento real. La decisión es suya.
*ACAB es el acrónimo de All Cops Are Bastards, que en español significa “Todos los policías son bastardos”. La frase ha sido ampliamente utilizada en las protestas que han tenido lugar en Estados Unidos en el último año. Sin embargo, para quien vierte estas líneas, es una frase sin sentido que fue insertada en la tónica social estadounidense por ciertos grupos que buscan desestabilizar sin proponer. Nunca desestabilicen sin proponer.
Nota del editor: La mayoría de la población en México cuenta con una actividad laboral que a pesar de si es considerado como esencial o no esencial, necesita realizarla para sustentar los gastos, la idiosincrasia está plagada de un montón de consignas que seguimos aún más fuertes que varias leyes, debido a que existe una necesidad, la de comer, la de vestir, pero en un periodo como el que ahora vivimos es importante pensar si la recreación, el festejo de fechas, es una necesidad o podemos omitirlo por un tiempo, hay una realidad imperante que es que no podemos detener la economía así como así, y tampoco resignarnos a esperar un fatídico destino que es prevenible si se toman las medidas adecuadas, necesitamos estar alerta ante lo que los tiempos venideros requieran de nosotros para que las cosas no se vayan al caño, probablemente las cosas no volverán a ser como antes, pero no se aferre a sus antiguas costumbres y se queje de que esto no termina nunca, victimizarse y no hacer nada para cambiar es un signo inequívoco de lo que se entiende en las mareas de internet como “una mollera sumida”. No pasa nada si no sale este fin de semana, y si lo hace, no escátime en las medidas de seguridad, entienda que las cosas ya no son como antes, cuanto más pronto lo entienda por las buenas, habrá menos probabilidad de que tenga que entenderlo por las dolorosas malas.
Autor: Oscar Castañeda
Editor: Said Tapia
Fotografía: Said Tapia





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